A clockwork Orange
Leí “La Naranja Mecánica” (A Clockwork Orange) mucho tiempo después de ver la película de Stanley Kubrick.
Este libro fue editado por primera vez en 1962 y la película salió en 1971, 9 años después. La primera vez que yo ví la película fue como en el 99 y leí el hace como 7 años en la biblioteca de la universidad donde estudie. Realmente recomiendo ver primero la película, que está muy bien realizada pero no muy bien adaptada. Digo que primero vean la película para que se puedan “enamorar” de Alex, protagonizado por Malcom McDowell, y después poder leer el libro para reconocer pequeños o grandes detalles y diferencias/errores que aparecen en la obra y en la película. Como dije, en algunos casos la adaptación a película no sigue fielmente el libro de Anthony Burgess.
Lo que más me gusta del libro es la forma de leerlo, pues en cada palabra rusa/rara que se vaya leyendo, tienes que irte al diccionario de referencia que aparece al final del libro: Glosario nadsat - español. Por supuesto, al rato sabes muy bien los significados de algunas palabras como golova, bogo, glaso, videar, etc. y sientes que ya puedes hablar como Alex y su banda.
Además de todo esto, sabrás el verdadero final de la historia contada, pues la adaptación de la película llega a la segunda parte, siendo que el libro tiene una tercera parte donde puedes atar cabos y saber el por qué de tanta ultraviolencia, o por lo menos interpretarlo.
Altamente recomendable, ver la película - leer el libro (que es de 150 páginas más o menos).
Transcribo un párrafo de la primera página del libro que tengo (que por cierto no es mio… ups!):
“… Estábamos yo, Alex, y mis tres drugos, Pete, Georgie y el Lerdo, que realmente era lerdo, sentados en el bar lácteo Korova, exprimiéndonos los resudoques y decidiendo qué podríamos hacer ese noche, en un invierno oscuro, helado y bastardo aunque seco. El bar lácteo Korova era un mesto donde servían leche-plus, y quizás ustedes, oh hermanos míos, han olvidado cómo eran esos mestos, pues las cosas cambian tan scorro en estos días, y todos olvidan rápido, aparte de que tampoco se leen mucho los diarios. Bueno, allí vendían leche con algo más. No tenían permiso para vender alcohol, pero en ese tiempo no había ninguna ley que prohibiese las nuevas vesches que acostumbraban meter en el viejo moloco, de modo que se podía pitearlo con velocet o synthemesco o drencrom o una o dos vasches más que daban unos buenos, tranquilos y joroschós quince minutos admirando a Bogo y el Coro Celestial de Angeles y Santos en zapato izquierdo, mientras las luces te estrellaban en el mosco. O podía pitear leche con cuchillos como decíamos, que te avivaba y preparaba para una piojosa una-menos-veinte, y eso era lo que estábamos piteando la noche que empieza mi historia…”



